Tigre

Erase una vez una tigresa que estaba a punto de dar a luz. Un día salió a cazar y se encontró con una manada de cabras. Las comenzó a perseguir y, aún en su condición, logró matar a una de ellas. Pero el estrés de la persecución la llevó al trabajo de parto y murió después de parir a un cachorro macho. Las cabras, que habían escapado, regresaron cuando sintieron que ya no había peligro. Se aproximaron a la tigresa sin vida y descubrieron al cachorro recién nacido y lo adoptaron e incluyeron en su manda.

El tigre cachorro creció entre las cabras creyendo que, él también, era una cabra. Balaba lo mejor que podía, olía a cabra y se alimentaba sólo de vegetación; en todo aspecto se comportaba como una cabra. A pesar de eso, dentro de él, como lo sabemos, latía el corazón de un tigre.

Todo iba bien hasta que un día un viejo tigre se acercó a la manada de cabras y atacó y mató a una de las cabras. Las demás cabras huyeron en cuanto vieron al viejo tigre, pero nuestro tigre/cabra no vio por qué debía huir, claro, dado que no percibía ningún peligro.

Aunque el viejo tigre era veterano en el arte de la caza, nunca había estado tan conmocionado como cuando se enfrentó al joven tigre. No sabía qué pensar de ese tigre, ya adulto, que olía como una cabra, balaba como una cabra y actuaba como una cabra en todo sentido. Como era un poco hosco y tosco, y no particularmente empático, el viejo tigre atrapó al joven por la nuca, lo arrastró hacia un arroyo cercano, y le mostró su  reflejo en el agua. Pero el joven tigre no se impresionó con su propio reflejo; no le decía nada y no pudo reconocer la semejanza con el viejo tigre.

Frustrado por la falta de comprensión, el viejo tigre arrastró al joven hasta el lugar donde había matado a la cabra. Ahí le arrancó un pedazo de carne a la cabra muerta y la forzó en la boca de nuestro joven amigo.

Podemos imaginar bien el choque que sintió el tigre y su consternación. Al principio se atragantó e intentó escupir la carne cruda, pero el viejo tigre estaba determinado en enseñarle al joven tigre quien era realmente, así que se aseguró de que el joven tragara este nuevo alimento. Cuando estuvo seguro de que el tigre había tragado todo, el viejo tigre forzó de nuevo otro pedazo de carne, y esta vez hubo un cambio.

El joven tigre se permitió saborear la carne cruda y la sangre caliente, y se comió este pedazo con ganas. Cuando terminó de masticar, y se comió este pedazo con ganas. Cuando terminó de masticar, el joven se estiró y, entonces, por primera vez en su corta vida, dejó salir un poderoso rugido- el rugido de un felino salvaje.

Luego los dos tigres desaparecieron juntos en el bosque.